Crítica a Rogue One: Una historia de Star Wars Un spin-off muy, muy lejano

Lo primero que intuimos del spin-off cinematográfico de Star Wars es que sus creadores nos quieren dejar claro que Rogue One es eso, un spin-off, algo que “nada” tiene que ver con lo que nos han mostrado antes de la saga en salas de cine. Una separación a los estándares de la galaxia muy, muy lejana. Ni letras amarillas que se funden en la inmensidad del espacio, ni la fanfarria compuesta por Williams, ni nada que nos recuerde a los episodios numerados. La película abre con un plano que rememora la magnitud de la galaxia en la que se basa la epopeya creada por Lucas, sí, pero la diferencia ya ha sido establecida.

Rogue One ha sido el primer experimento de película alternativa por parte de Disney. Y en líneas generales podemos decir que el experimento ha sido exitoso.

El film nos narra las desventuras del grupo de tarados afines a la alianza rebelde que consiguieron robar los planos de la Estrella de la Muerte, desencadenando así los acontecimientos que vemos en la primera película de la saga. La historia, a pesar de centrarse en gran parte de su duración en Jyn Erso, interpretada por Felicity Jones, no olvida nunca que es una película coral, de muchos protagonistas. Jyn es la hija de Galen Erso (Mads Mikkelsen), un ingeniero imperial con una lealtad voluble hacia el imperio y principal mente detrás del icónico destructor de planetas. La separación de su familia para llevar a cabo la construcción del arma acaba con una Jyn criada en soledad por el extremista Saw Guerrera (Forest Whitaker), y que ya adulta es rescatada por la alianza rebelde de un campo de concentración imperial. Tras revelar que Galen sigue vivo y que el arma está casi lista, Jyn acabará ayudando a los rebeldes en la búsqueda de su padre y de una forma de acabar con tan peligrosa tecnología. Y hasta ahí se puede leer. Conforme se va desarrollando la aventura iremos conociendo de manera rápida, pero efectiva, a todos los componentes que darán forma al variopinto escuadrón Rogue One: dos miembros de la Antigua Orden de los Whills, un piloto renegado, un androide imperial reprogramado, el capitán de inteligencia de la base de Yavin IV y la propia Jyn.

Podemos diferenciar claramente tres partes en la historia, que va in crescendo conforme pasan los minutos. De un inicio de lo más simplón y por momentos, aburrido, a una apoteosis final que nos deja con un buenísimo sabor de boca y, a mi modo de ver, uno de los momentos de la saga que seguirá fijado en nuestras retinas a lo largo de los años. Los últimos cuarenta y cinco minutos nos mantendrán con el culo pegado al asiento en una consecución de escenas de batalla tanto espaciales, como terrestres que no veíamos desde El Imperio Contraataca.

¿Y cómo encaja todo esto con las películas clásicas? La respuesta es sencilla: bien, muy bien. Es verdad que el fan más extremo le puede sacar pequeños fallos a las conexiones, pero no dejarán de ser completamente circustanciales. Se nota, y mucho, el amor con el que desde Lucasfilm están tratando esta segunda venida de Star Wars. Referencias a la saga por todas partes, cuidado a la hora de que todo encaje, pequeñas explicaciones a pequeñas dudas que se habían mantenido con el paso de los años. Explicaciones veladas a preguntas que se puede hacer el gran público. Personajes sólidos y consecuentes, alguna que otra cara conocida y, sobre todo, más de dos horas que se nos pasarán sin que nos demos cuenta.