El falso elitismo y el fin de todas las cosas

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Me gustan los juegos como Bioshock Infinite porque llevan la discusión hacia ese lugar tenebroso en el que los seres con gafas de pasta negra y aspecto repelente se masturban muy fuerte leyendo a Cioran y viendo películas de Bergman. Ese lugar mal llamado elitismo intelectual. Un lugar que a priori parece aterrador, pero que como todos los sitios infernales, al final tiene sus momentos.

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Resulta algo deprimente pensar que este juego podría no haber sido (podría no ser, no será, todo ocurriendo al mismo tiempo en la mente de un Lutece) un absoluto triunfo porque plantea un reto al jugador justamente donde la gran mayoría de los otros juegos no lo hace. En su argumento. La dificultad del Bioshock Infinite no reside en su jugabilidad complicada, en jefes finales inalcanzables o en puzles de esos que necesitas la enciclopedia británica y conocimientos en física cuántica para resolver. (Es cierto que está el modo 1999, pero al final en esto de los juegos todos hacéis trampas, miráis vídeos o guías y cargáis la partida cuando os matan, así que tampoco es para tanto). Lo jodido de verdad en el Bisoshock Infinite es descifrar la trama de un argumento sublime. De una historia pensada al milímetro que juega con nosotros más que nosotros con ella. Es apreciar los infinitos detalles que van dejando en nuestro camino y el verdadero puzle es ligar todos estos detalles en una historia coherente que acaba estallando en nuestra cara en un apoteósico final perfecto. Uno de esos finales que sabes que son magistrales porque por primera vez en mucho tiempo, nos deja a todos con la misma sensación de perfección, de redondez, de haber completado una historia tremenda, llenando por primera vez en siglos tus expectativas. La franquicia Bioshock es así. Te abofetea con saña, pero porque te quiere. Te da una paliza en tu línea de comprensión y en tu moralidad más básica, pero porque al final sabe que te va a dar el caramelo más dulce jamás creado. Los que vivimos el momento sublime de la revelación de Andrew Ryan en el primer Bioshock sabemos de lo que estamos hablando.

Bioshock Infinite es todo eso y mucho más. No es un juego para canis, ni para poligoneros, ni para chonis. No está hecho para aquellos que viven exclusivamente de matar terroristas en el COD o de vengar virtualmente a su equipo favorito de la enésima humillación europea en el FIFA. No generará infinitos beneficios en la cuenta del yotuber rancio de turno que os estafa día a día con material repetido de sus partidas de mierda en el Battlefield. Bioshock Infinite está pensado para una falsa élite. Una élite que al final es tristeza, porque no deberíamos ser unos pocos. Deberíamos ser legión. Por eso confío en que este juego sea un tremendo éxito en ventas. Que arrase. Que todo aquel con una consola o un PC compre su copia y viva una de las aventuras más intensas acompañado de alguno de los mejores personajes jamás creados para un videojuego. Porque de otra manera, si este juego ya de por sí terriblemente mermado por los recortes en su presupuesto acaba siendo un fracaso y el señor Levine no puede volver a crear otra maravilla de este nuevo arte, me sentiré todavía más decepcionado con esta especie casi siempre patética que llamamos ser humano. Si este juego no triunfa, nos mereceremos vivir en un mundo de PROs, de FIFAs y de shooters con tanta historia como la Cuore o el Sálvame Deluxe. Un mundo en el que unos pocos tendremos que ir a ese oscuro rincón a unirnos a los onanistas con gafas de pasta negra que ven películas en armenio, para jugar la única y sobada copia de nuestro juego con argumento.

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